Reflexiones de cuarentena

Al momento de empezar a escribir algo me tiembla adentro y me remite a épocas tremendas pero ajenas y lejanas. Momentos de la historia con los que jamás creí que iba a compararme. Pero estamos en el primer día de cuarentena obligatoria por la pandemia generada por el coronavirus, un tipo de gripe nueva para lo que no contamos aún una cura y que se propaga muy fácilmente.

El mundo entero está parado casi en su totalidad y estos pueden ser los últimos días en los que estamos en este mundo de la manera en el que lo conocemos. Puede resultar trágico, sí. Para muchos va a serlo. Sin embargo, muy adentro mío vive la certeza que de acá todo va a ser mejor. No podremos ver cambios materiales grandes porque si bien es asimilable a un estado de guerra (lo digo y me parece increíble estar haciéndolo), las condiciones materiales de destrucción no son asimilables a lo edilicio en tanto materialidad. La materialidad, en este caso, es mucho menos visible y, por tanto, compleja de internalizar.

Estamos en cuarentena obligatorioa y eso implica una reducción de nuestros derechos como ciudadanos para hacer prevalecer el más fundamental de todos: el derecho a la vida. Esto me deja pensar dos cosas:

  1. La necesidad de ser obligados a no salir. O, más claro, la necesidad de que el Estado Nación tenga que prohibir ciertas prácticas para así obligar a las personas a, por defecto, cuidar la vida de otro y, más tarde, la propia.
  2. Pensar en la vida. La cuarentena y todo el contexto de pánico nos está obligando (consciente o inconscientemente) a pensar en la vida. Reflexionar sobre ese bien(?, qué definición tan hegeliana) tan ponderado  que es mi propio cuerpo, con un alma, un nombre y una historia. Pensar y luego sentir la vida. Y ver, sintiendo, la fragilidad de todo lo que existe, tal cual existe, reconociendo la imposibilidad de cambiarlo sino pura y exclusivamente a través del tiempo, la reducción de la movilidad y el silencio.

Un virus, lo invisible, viene a decir: “Basta, quedate quieto, quieta”. Viene a decir: “Mirá qué frágil sos. Callate”. Muchos vamos a usar de excusa para no pensar ni sentir a las redes sociales, los encuentros virtuales y diferentes actividades que se ofrecen mediante el uso de las nuevas tecnologías pero eso, aún esa actividad somnífera, estará atravesada por el virus mayor: el del miedo a morir y la desesperación frente a la obligación, no ya del Estado Nación sino del estado real de la existencia, de aceptar que no hay nada más que depender de uno mismo.

Sé que esto que escribo para algunos (muchos) resulta tonto y exagerado, apocalíptico. Poco me importa. A ellos, a su modo, también les van a afectar los cambios inevitables. Porque, lo cierto, es que todo cambia de manera constante sólo que son algunos quienes logran vivir de manera consciente en ese saber. Ahora quienes se animen (en el sentido de ánima, alma) al menos, a Ser en este tiempo podrán regresar a sí mismos y aceptar con gratitud, emoción y felicidad el momento. Podrán recordar (más o menos según su consciencia), a su modo que todo, absolutamente todo y lo único que hay es el aquí y ahora. Y que todo está en cada uno de nosotros, adentro.

Dependemos de nosotros mismos. Y aún así la vida, la existencia y todo lo que hay, impone. Impone hechos, situaciones, contextos, saberes, sentimientos; impone fuerza. Porque la vida en la tierra, su naturaleza se mueve también por y para sí misma. Así, podemos sentir que avanza contra nosotros o que, simplemente se mueve, cambia y nosotros, reconociendo la fuerza intrínseca de ser, Somos en ese transcurrir. ¿Cómo? Recordando que sólo el tiempo, la quietud y el silencio pueden dejarnos interpretar el todo y así fluir en ello.  Creo que de ese modo (y repito: creo que algunos más, otros menos. Cada quien a su manera) rindiéndonos a lo que hay, aceptando las cosas (los cielos, la tierra, los hombres, las mentiras, los fracasos, las tristezas etc) tal cual son podemos no luchar con lo externo, con el Otro sino renunciar a la idea omnipotente de tenerlo todo controlado y aceptar que el caos mayor está dentro de uno y que de ahí mismo, justo ahí, en un pequeño punto se encuentra la base de todo ser humano.